
Apenas florecen las violetas en el jardín huelo su perfume y me vuelve a la memoria una confección de perfume a las violetas que tenía mi tía sobre la cómoda en su dormitorio. Cada vez que iba a visitarla, me atraía esa botella, era increíble, uno de aquellos perfumes que tal vez hoy no esta muy de moda, demasiado dulce. Algunos años después recibí un alhajero Borsari, nombre que es sinónimo de la más grande industria de perfumes italiana de 1800 que contribuyó a transformar a la Violeta de Parma, en la fragancia que ceñaría el ochocientos.

La historia de aquel perfume remonta a hace ya tantos años, al tiempo del ducado de María Luisa, segunda esposa de Napoleón Bonaparte, Duquesa de Parma, Piacenza y Guastalla desde 1816 a 1847.
La soberana austriaca adoraba las violetas. Aún antes de su arribo en Italia, en 1815 escribía desde el castillo de Schonbrunn a su dama de honor en París: “Les ruego de hacerme tener alguna planta de Violeta de Parma con las instrucciones escritas para plantarlas y hacerlas florecer; espero que ellas germinen bien, ya que me vuelvo una estudiosa de botánica, y estaré contenta de cultivar una vez más este agraciada pequeña flor…”
Apenas arribada a Parma ella se ocupó personalmente de cultivarla, sea en el Huerto Botánico, sea en el jardín de la residencia veraniega de Colorno. La violeta de Parma era un cruce que pertenecía a la especie de la violeta olorosa.

también Josefina Beauharnais, la primera mujer de Napoleón, amaba a las violetas, al punto de bordar esta flor en el habito nupcial. María Luisa va más allá de la simple predilección: la violeta se convierte en su símbolo, se encuentra incisa o pintada en los platos, vajillas, abanicos, dedales, papeles, llegando al extremo de sostituir la firma o el monograma; en la corte los valets se visten de violeta y ella misma lleva capas de este color. Una pasión más que intima, de la cual quiere hacer participe al pueblo, tanto que dona dinero a quien le regala mazos de violetas durante sus paseos. Entonces da coraje a los monjes del secular Convento de la Anunciación a hacer investigaciones para saber como extraer la esencia. El trabajo paciente de los monjes llega al resultado esperado y la Violeta se convierte en el perfume oficial de la corte. Los primeros frascos de Violeta de Parma, producidos gracia a la habilidad alquimista de los monjes eran únicamente destinados al uso personal de la Duquesa María Luisa.
En 1870, diez años luego de la muerte de la Duquesa, la formula secreta inventada por los monjes pasó a Ludovico Borsari, hijo de un carpintero y propietario en la ciudad de una barbería. Estos lanzarán al mercado la esencia tan apreciada por María Luisa.
Hábiles creadores los Borsari realizaron cajas y confecciones preciosas y sobretodo bellisimos vidrios trabajados, que caracterizaron la producción Borsari 1870 por más de un siglo. Si se encuentran en Parma podrán visitar el Primer Museo Italiano de la Perfumería (via Trento, 30 / Ingreso: de lunes a viernes de 9 a13 hs y de 14.30 a 17.30 hs. – sábados, domingos y feriados solo grupos registrados).
El museo, dividido en dos secciones, recoge la historia de la Borsari, de sus productos y de la gráfica que ha vestido la fragancia parmesana.
Las Estampillas

En la decada del ’70, le regalaron a nuestro hermano mayor, un clasificador para que colocara sus estampillas. De su colección, èl nos regalaba las estampillas que tenía repetidas, y así empezamos a tener nuestra propia colección que aún conservamos.
La estampilla con la imgen del ceibo, tema que
ya habíamos tocado, es parte de una serie de estampillas temáticas de flores autóctonas. Completaban la
serie el
palo borracho, el
jacarandá, el guaran amarillo (
tecoma), el
lapacho negro, la
campanilla, la
pasionaria, el
clavel del aire, la
flor de patito, el
patito, la flor malvinense, el
camalote, el
amancay, el carnaval, el
notro ciruelillo, la
chinita del campo, la
begonia, la
pata de vaca, la virreina. Desde 1982 hasta 1990 el correo estatal (Encotel) las publicaba para su utilización en el correo ordinario. Por eso las tiradas eran importantes, y se hacían reediciones con distintos valores, que cambiaba por la inflación y los cambios de moneda (Austral, Peso Argentino y Peso Ley 18.188). El dibujante era J. M. Fouret.
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Características del árbol y la flor
Clasificado por el naturalista sueco
Carl von Linneo en 1767, el ceibo americano crece en tierras húmedas y de clima cálido. Su corteza era utilizada por los aborígenes por sus cualidades medicinales, mientras que su flor fue declarada, el 28 de diciembre de 1942,
Flor Nacional de la Argentina.

El ceibo (
Erytrina Crista-Galli), es un árbol de la familia de las Leguminosas, conocido también como seibo, ceibo macho, zuinandí, cresta de gallo y chopo. En la Argentina se lo encuentra en las zonas más húmedas de las provincias de la
región chaco pampeana.
Su altura no supera los 10 m, con ramas retorcidas, que a veces parten desde la base mostrando un aspecto arbustivo y formando una copa amplia. La corteza es marrón grisácea, muy rugosa y poco consistente. Las hojas son caducas, coriáceas, de borde enteros y forma lanceolada. Se destaca por su floración de intenso color rojo que se produce entre noviembre y abril. Las flores son carnosas, dispuestas en racimos terminales de gran belleza, razón por la cual se lo utiliza como árbol de adorno. El fruto, una vaina de color castaño, encierra semillas duras. Su madera tiene escaso valor comercial.


Según la tradición guaraní, el ceibo es la representación de Anahí, una princesa indígena muerta por los conquistadores. También los timbúes, aborígenes del Paraná, le atribuían al ceibo dones fantásticos: creían que colaboró con los dioses en la creación de las
islas del Delta, donde se asentó la tribu.
La leyenda de la flor del ceibo
Cuenta la leyenda que en las riberas del Paraná, vivía una indiecita fea, de rasgos toscos, llamada Anahí. Era fea, pero en las tardecitas veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu guaraní con sus canciones inspiradas en sus dioses y el amor a la tierra de la que eran dueños… Pero llegaron los invasores, esos valientes, atrevidos y aguerridos seres de piel blanca, que arrasaron las tribus y les arrebataron las tierras, los ídolos, y su libertad.
Anahí fue llevada cautiva junto con otros indígenas. Pasó muchos días llorando y muchas noches en vigilia, hasta que un día en que el sueño venció a su centinela, la indiecita logró escapar, pero al hacerlo, el centinela despertó, y ella, para lograr su objetivo, hundió un puñal en el pecho de su guardián, y huyó rápidamente a la selva.
El grito del moribundo carcelero, despertó a los otros españoles, que salieron en una persecución que se convirtió en cacería de la pobre Anahí, quien al rato, fue alcanzada por los conquistadores. Éstos, en venganza por la muerte del guardián, le impusieron como castigo la muerte en la hoguera. La ataron a un árbol e iniciaron el fuego, que parecía no querer alargar sus llamas hacia la doncella indígena, que sin murmurar palabra, sufría en silencio, con su cabeza inclinada hacia un costado. Y cuando el fuego comenzó a subir, Anahí se fue convirtiendo en árbol, identificándose con la planta en un asombroso milagro.
Al siguiente amanecer, los soldados se encontraron ante el espectáculo de un hermoso árbol de verdes hojas relucientes, y flores rojas aterciopeladas, que se mostraba en todo su esplendor, como el símbolo de valentía y fortaleza ante el sufrimiento. (Tomada de la narración oral)
La canción
Con motivo de la declaració del ceibo como Flor Nacional, en la década del ’40 a pedido del Ministerio de Ecucación, Osvaldo Sosa Cordero escribió la canción Anahí.
Tarjetas telefónicas
La colección de tarjetas telefónicas la iniciamos en el año 1994, cuando encontramos por casualidad tirada al lado de un teléfono público, la que fuera una de las primeras tarjetas magnéticas.
El uso de la tarjeta telefónica se introdujo a inicios de la década del ‘90 cuando se privatizó Entel (Empresa Nacional de Telecomunicaciones) dividiendose en dos empresas: Telecom. y Telefónica. Cada una de ellas, produjo una serie de tarjetas coleccionables, al principio magnéticas y luego con microchip.
Nuestra colección la fuimos formando con las tarjetas que usábamos, otras nos las regalaban. Muchas las compramos en los viajes realizados, otras, las encontrábamos en la calle. Llegamos a juntar alrededor de 300 tarjetas.
En esta ocasión reportamos una tarjeta de Telefónica, que es la Nº 5 de la Serie E, (Ecología). Ilustra la flor del Ceibo. Por la importancia del tema tratado, esta tarjeta ha sido incluida en la clasificacion tarjetas que se realizaban como apoyo a las campañas ambientales en el país, colocando imágenes referentes al cuidado y a la protección del medio ambiente. Con el eslogan “La Naturaleza comunica” la serie incluia cinco tarjetas alusivas a flores autoctonas como el jacarandá, el lapacho, el tecoma, el ceibo y el palo borracho.
La tarjeta del Ceibo se editó en octubre de 1997 con una tirada de 100.000 tarjetas.
Continua en el próximo post con las Estampillas.
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